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Entrega número 48
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Ars Citerior

Kribi Heral: Extraños como tú

Extraños como tú.

José Luis Pérez Pont

“Esperanza mía desde mi juventud! ¿Dónde estabas para mí y dónde te habías retirado? ¿No me has creado tú distinguiéndome de los animales y haciéndome más sabio que las aves del cielo? (…) Había llegado al fondo del mar, estaba desesperado, había perdido la esperanza de encontrar la verdad”.[1]

La búsqueda de la verdad es uno de los empeños en los que la humanidad ha invertido grandes esfuerzos, tratando de desvelar el sentido de tantos interrogantes a través del pensamiento, la literatura, las religiones o la ciencia ficción, aunque el valor simbólico de la verdad ha decaído a expensas del vigente relativismo. Los múltiples intereses que constantemente se entrecruzan hace que una realidad compuesta por valores absolutos sea poco “práctica”, por ello la condición voluble, modelable, relativa, que marca el sentido de la realidad presente, es más acorde a los ritmos de este tiempo de medias verdades y mentiras completas. Lo peor de las mentiras[2] es que éstas se las arreglan para interferir en (y perjudicar) nuestra tendencia natural a percatarnos del verdadero estado de las cosas. Su objetivo es impedir que nos demos cuenta de lo que está sucediendo en realidad. Al mentirnos, el mentiroso procura engañarnos para que creamos que las cosas son distintas de como son en realidad. Intenta imponernos su voluntad. Su objetivo es inducirnos a aceptar sus patrañas como si de una descripción exacta del mundo se tratase. En la medida en que lo consiga, adquiriremos una visión del mundo cuya única fuente es su imaginación, y que no se fundamenta, de manera directa y fiable, en los hechos relevantes. El mundo en el que vivimos, en la medida en que nuestra concepción del mismo se asienta en cierto grado de mentira, es un mundo imaginario. Puede haber lugares peores para vivir, pero este mundo imaginario no nos sirve a ninguno de nosotros como residencia permanente. Por otra parte, cuanto más feroz es la presión del pensamiento[3], más resistente es el lenguaje que lo recubre. El lenguaje, por así decirlo, es enemigo del ideal monocromo de verdad. Esta saturado de ambigüedad, de simultaneidades polifónicas. Se deleita en la especulación fantástica, es constructor de esperanza y futuridad de los que no hay ninguna prueba. Posiblemente los seres humanos no podrían vivir sin las llamadas “mentiras de la vida”, inventamos modos alternativos de ser, otros mundos, reinventamos el pasado y soñamos hacia delante, pero nos nutrimos en definitiva de ficciones.

La elaboración de los contextos de ficción está determinada en buena medida por la influencia de los campos de interés, en los que la política es quizá uno de los más potentes motores de producción de realidad, poco objetiva e interesada siempre, se afana en dar forma y poner nombre a los sucesos, o bien crea expresamente los propios sucesos, haciendo uso de las herramientas de comunicación masiva para generar una metarrealidad que se solapa a la auténtica, asfixiándola, haciéndola desaparecer bajo una máscara adaptada a sus contornos, mientras dibuja la orografía de un paisaje que no es el nuestro.

En ese sentido, es característico, en la obra de Kribi Heral el modo en el que, tras deshacerse del lienzo como soporte pictórico, genera un proceso de trabajo en el que muestra y oculta, aplica su particular máscara para mostrar la imagen que desea, pero a su vez indica al espectador que existe tras ella, tras la superficie, una cavidad cargada de estratos. En ella la imagen se desmaterializa, se desmembra, como un paisaje azotado por una repentina actividad sísmica, donde la continuidad del horizonte se ve alterada por accidentes geográficos cuyas modificaciones obligan a un estudio detenido, al desarrollo de una nueva cartografía del lugar. Esa trastienda, ese hueco ofrecido a la mirada por Kribi Heral, delata no sólo una particular manera de intervenir y combinar el soporte, sino de interrogarse acerca de aquello que queda oculto tras la superficie, dando satisfacción a un deseo similar al de mirar tras un cristal empañado por el vaho, atento ante la incertidumbre del paisaje por descubrir tras una elevación del terreno, sujeto al estímulo de la sorpresa.

Ciertamente el oficio de artista no es fácil, y menos con las presiones derivadas de esta era marcada por la velocidad y la inmediatez. Parafraseando a Edward W. Said[4], cuando habla de la importancia del compromiso apasionado por parte del intelectual en aquello que hace, el riesgo que asume, la exposición de sus ideas –sea cual fuere el medio-, la entrega a determinados principios, así como la vulnerabilidad para debatir y dejarse implicar en causas mundanas. Todos y cada uno de los intelectuales que trabajan de oficio en la articulación y representación de determinados puntos de vista o ideas aspiran lógicamente a que el resultado de su trabajo sea eficaz en una sociedad. Al intelectual que afirma trabajar únicamente para sí, o por puro afán de aprender o de hacer ciencia abstracta, no se le puede ni se le debe creer.

La manera en la que Kribi Heral se acerca simbólicamente a la cultura digital, a través de su obra, convierte la percepción de sus trabajos en algo parecido a asomarse a la pantalla de un ordenador, a la vez que exporta los ritmos de representación de la pintura a los parámetros digitales, extendiendo la idea de conexión de archivos en la construcción de la imagen. El concepto de espacialidad se abre camino en la forma de construir formalmente la obra, convirtiéndose en un importante campo de experimentación en el que conviven realismo y abstracción.

Sus polípticos condensan un singular carácter icónico, dando lugar a un cruce de referencias a través de la imagen fotográfica, los campos de catalogación de color que remiten al impacto luminoso que subyace en el diseño de la publicidad, el dibujo vectorial o el texto y la tipografía usados más como signo que como mensaje. La presencia del texto impreso en nuestra cultura es tan abundante, que el alfabeto pasa a formar parte del paisaje visual que nos rodea, no sólo como significado del lenguaje e instrumento para la comunicación escrita, sino como signo que informa de un determinado tiempo y contexto cultural. El modo en el que el texto ha sido incorporado en las obras aquí presentadas nos remite inequívocamente al cifrado que podría identificar una coordenada en el ciberespacio, una referencia vinculante en el entorno virtual de Internet. Así mismo, sus referencias a la teleconfusa cultura juvenil son continuas, al artificio y la frustración de quienes creen ser dignos merecedores de todas las suertes mientras se aferran a un carpe diem mal entendido.

A la vista de “Freak show” es inevitable interrogarnos acerca del poder fáctico de las grandes plataformas del negocio de la comunicación, la forma en la que se convierten en proveedores de sabiduría convencional e implantan ideas que responden a una lógica cuyo objetivo es modelar una determinada visión de la realidad. Cabría preguntarse, entre otras tantas incógnitas de la vida moderna,  ¿por qué los traficantes de drogas continúan viviendo con sus madres?[5]

La fascinación del artista, por la forma autónoma con la que la naturaleza se manifiesta, está presente en la diversa representación que hace a partir de la figura del árbol, concretando en el mismo la racionalidad insuperable de su crecimiento a partir de una semilla, estableciendo un paralelismo implícito con el individuo como integrante de la sociedad, del árbol como parte del bosque. Esos bosques que retroceden, como describe Italo Calvino en El barón rampante[6], porque “a los hombres les ha entrado la furia del hacha”, es una poderosa imagen mental en la que se concentra la situación de crisis ecológica[7] del planeta. La contrapartida del período de intensas transformaciones técnico-científicas es el fenómeno de desequilibrio ecológico que amenaza, a medio plazo, la pervivencia sobre la superficie de la manera en que hasta ahora la hemos conocido. Los modos de vida humanos, individuales y colectivos, evolucionan en el sentido de un deterioro progresivo del medio, a la vez que sus efectos se hacen patentes en las redes de parentesco reducidas al mínimo, en el control “mass-mediático” de la vida doméstica, en la estandarización de comportamientos en las relaciones conyugales, familiares y amistosas, por no mencionar la práctica extinción de las relaciones de vecindad. En el otro lado de la balanza, las relaciones virtuales acaparan una importancia que nos obliga nuevamente a mencionar el potencial de ficción en el que se desarrolla la cotidianidad vital a este lado del mundo. Ese deterioro, presente en las relaciones, extiende elevados estándares de violencia que tienen especial reflejo en los trabajos en video realizados por Kribi Heral, donde su preocupación social se ve manifestada mediante un lenguaje más explícito.

Para terminar, como referencia a “El poeta”, la pieza que abre la exposición recogida en las páginas de este catálogo, unos versos de Bukowski, considerado el último escritor “maldito” de la literatura norteamericana, de cuya cultura tan innegablemente influida se encuentra nuestra sociedad.

 

(…) “No hay más defensa

que todos los errores

cometidos.

Entretanto

me ducho

contesto el teléfono

hago huevos duros

estudio el movimiento y el deterioro

y me siento tan bien

como cualquiera

mientras paseo al sol.”[8]

 


[1] San Agustín. Las confesiones. Akal, Madrid, 1986.

[2] Frankfurt, Harry G. Sobre la verdad. Paidós, Barcelona, 2007.

[3] Steiner, George. Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. Siruela, Madrid, 2007.

[4] Said, Edward W. Representaciones del intelectual. Paidós, Barcelona, 2007.

[5] Levitt, Steven D. y Dubner, Stephen J. Freakonomics. Ediciones B, Barcelona, 2007.

[6] Calvino, Italo. Nuestros antepasados: El vizconde demediado. El barón rampante. El caballero inexistente. Siruela, Madrid, 1989.

[7] Guattari, Félix. Las tres ecologías. Pre-Textos, Valencia, 1990.

[8] Bukowski, Charles. 20 Poemas. Mondadori, Madrid, 1998.

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