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Entrega número 48
Postludio. José Mª Yturralde
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Miguel Galano: La voz de su silencio (Santos Amestoy)

Miguel Galano: La voz de su silencio

 

Santos Amestoy

 

En el silencio de estos cuadros hay una voz y un tono; suena una opaca tonalidad. Y la tendencia a la monocroma de grave y crepuscular tesitura, de bruma y luz norteñas, parece asordinarse y apagarse en cálido beneficio del matiz más apurado, de las tenues y exactas epifanías del color o de la intensa y tibia levedad de algún destello o cántico. Es una voz de rumor interior: Como advertía de sí mismo Samuel Beckett, en la pintura silente de Miguel Galano también se oye decir: . La diferencia está –preciso es señalarlo- en que los textos del solitario irlandés construyen el silencio sobre inmundicias, desencarnaduras y escatologías -ambas- y a la vez sobre asuntos y discursos de la mayor envergadura y complicación. Por el contrario, lo que el pintor asturiano ha traído a esta exposición madrileña no es otra cosa que un puñado de paisajes y algún interior... Y sin embargo, las coincidencias entre ambos silenciosos no acabarán ahí –he de volver sobre ello-, más allá del dolor (como el de la pintura del fronterizo Zoran Music, que es de la misma estirpe).

 

Más que paisajes, motivos. De la cotidianeidad existencial más inmediata, unos: otros, de mayor abstracción y universalidad. La inmensidad de lo absoluto es la línea del horizonte que parte en dos mitades abstractas una marina limpia como las de Luis Fernández, pero grave como la opacidad silenciosa de las texturas tan características (el esgrafiado intencional de la pincelada, la mancha de la tinta...) de este pintor que titula Paisaje la visión en el campo de una tapia de piedra, cuya aspereza iconográfica y gestual es de levísima e inmaterial resolución pictórica...

 

Como en Beckett, como en Music (de cuya pintura no es tributaria, sino consanguínea, la melancólica pintura de Miguel Galano), el silencio, los silencios no suenan en el vacío. A su manera, hablan de la reductio moderna. En virtud de su lógica reductiva, hay que decir menos de lo que hay que decir, lo cual produce una admirable elocuencia a la inversa. Y la abundancia de sentido en esa voz de su silencio. Como el citado Music, como el retrato velazqueño de Felipe IV viejo (tal Molloy, tan Mallone muere, tan beckettiano) que conserva el Museo del Prado, en raras ocasiones la pintura, que es lo contrario de una representación (la foucaultina, que es otra cosa y que tanto ha confundido a los como representantes o delegados de sí mismos), se transmuta en verdad. Pintura verdadera. Pintor excepcional, Miguel Galano.

 Santos Amestoy

 

  Miguel Galano. Galería Utopía Parkway, Madrid.

ABC Cultural, nº 573, Madrid, 18 de enero de 2003

 

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Miguel Galano. El Norte. Pintura detenida. (Alfonso Palacio)

Miguel Galano.

El Norte (1990-2003). Pintura detenida.

Museo de Teruel. Teruel. Plaza Fray Anselmo Polanco, 3

Comisario: E. Andrés Ruiz.
 

MIGUEL Galano posee una de las voces más singulares del panorama artístico español, como se advierte en esta exposición de su trabajo realizado en los últimos quince años. Fuera de ella han quedado sus comienzos vinculados a una figuración expresionista con ciertos guiños al arte pop. Corría la década de los 80. A partir de ese momento, el artista se esforzó en desarrollar una pintura que, por su aspiración a trascenderlo, parece colocarse fuera del tiempo. La búsqueda de lo esencial y de la belleza que habita en las cosas más sencillas, muy próxima a la estética oriental, hacen de su obra, intensa como  pocas, una continua indagación acerca de la pureza que debe protagonizar nuestra experiencia de lo real. También sobre el descubrimiento, algunas veces, de su ser espiritual. El paisaje, siempre humanizado, y el retrato, de potente introspección psicológica y hondo calado, han sido los dos generos en los que más se ha centrado esta investigación.

Humildad franciscana.

Hay en todas sus obras reunidas en esta muestra una especie de eclosión silenciosa, similar a la que se aprecia en las de Hopper, Morandi, Fernández o Giacometti, artistas con los que podría equipararse Galano. El despojamiento y la sencillez de medios con los que normalmente se enfrenta al lienzo aluden también a una humildad casi franciscana que lo acerca a los grandes clásicos de la pintura española. A todo ello contribuye la luz que los baña, muy delicada, a veces mental, así como la paleta austera que en muchas ocasiones vierte sobre ellos. Quizás sea esta última la que haya empujado a hablar del carácter melancólico y crepuscular que tienen buena parte de sus creaciones, con las que el pintor pretende congelar un instante, condensar un sentimiento y transmitir una emoción. Y todo ello recorrido por un lirismo que nunca cae en lo retórico o literario.

 Como señaló el poeta francés René Char, quien sin duda hubiera considerado a Galano uno de sus alléis substantiels, la función del pintor debe consistir en remontarse hasta la desnudez primera de las cosas, darles “deseo de luz, curiosidad de sombra y avidez de construcción”. Estos tres principios definen hoy, más que nunca, lo que ha sido la trayectoria de este artista, cuyos cuadros, aparte de desvelar la dimensión última y, por lo tanto, verdadera de los seres y paisajes que los alimentan, se antojan como una auténtica revelación.

                                                                                                                                      

 Alfonso Palacio

ABC Cultural, nº 618, Madrid, 29 de noviembre de 2003.

 

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Para la ronda galanesca (con Corot al fondo)

Para la ronda galanesca. (con Corot al fondo)

 

Juan Manuel Bonet

 

"Se pinta como se es"

   M.G. a José Luis Piquero

 

 A lo largo de los años noventa y de esta primera década, ya casi cerca de su conclusión, del segundo milenio, Miguel Galano, nacido en 1956, y cuya primera individual tuvo lugar en 1981 -pronto hará tres décadas- en la benemérita Casa de Cultura de Avilés, se ha ido consolidando como una de las grandes voces de nuestra escena pictórica, algo que por mi parte tenía ya meridianamente claro hace once años, que es cuando prologué el catálogo de su primera individual madrileña, celebrada, como todas las que vendrían después, en Utopia Parkway, la primitiva Utopia Parkway secreta de la calle de Augusto Figueroa.

Gran voz, y aunque pueda parecer paradójico, voz baja, voz no estridente, voz secreta, voz en grises.

Galano ha crecido lenta pero seguramente, como han crecido lenta pero seguramente otros figurativos españoles -Cristino de Vera, Gonzalo Chillida, José María Mezquita, Juan José Aquerreta, hoy mismo Marcelo Fuentes, Pedro Gamonal o Juan Carlos Lázaro- que nos son especialmente caros. Como crecieron lenta pero seguramente, en su momento, los grandes monótonos, entre ellos Vilhelm Hammershoi, M.K. Ciurlionis, el August Strindberg pintor, Giorgio Morandi, Yves Tanguy, Armando Reverón, Arpad Szenes -al que tanto le gustaban las landas tanguyescas-, Zoran Music, Luis Fernández, Juan Manuel Díaz-Caneja -en 1998 Galano recibió por cierto, por su Autorretrato en la playa de Represas, el premio palentino que lleva el nombre de su predecesor-, Godofredo Ortega Muñoz... Al igual que prácticamente todos ellos, Galano es hombre de pocas palabras. Pintor concentrado en su oficio, que es su manera de estar en el mundo. Y a la vez, más curioso que nadie de las cosas en torno, en su diversidad; más deseoso que nadie de conocimiento; más silenciosamente conquistando territorios, haciéndolos suyos, asimilándolos, convirtiéndolos en obra inmortal.

Luis Fernández, al que acabo de citar al paso: uno de los faros que han iluminado este periplo de su paisano Miguel Galano, periplo que ha tenido pasajes ciertamente sombríos, y del que sólo conocemos unos cuantos hitos, pero que ha de asombrarnos más todavía, cuando conozcamos todos sus vericuetos y entresijos y sus prehistorias, como me propongo hacerlo de cara a la gran monografía que me ha encargado un editor ovetense.

Rosas de Luis Fernández: ya sabéis mi entusiasmo absoluto ante la que se conserva en Oviedo, en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Rosas en la penumbra de Miguel Galano, siempre fernandezco en su actitud de concentración en su oficio, de interrogación emocionada de los enigmas del mundo en torno. "La sombra de la rosa es una rosa más ligera", escribe el poeta libanés Georges Schéhadé -encuentro la cita en el diario de Michel Leiris, que he releído estos días-, Schéhadé, de quien hace poco, tontamente, no compré, en una librería de viejo de Praga, las poesías completas, porque la edición era horrenda.

Voz, la de Miguel Galano, a la que como no podía ser de otro modo -recordemos que es autor de algunos bellísimos bodegones con un libro abierto, un libro luminoso, por utilizar el adjetivo que le adjuntó a una de esas visiones- han sido especialmente sensibles los poetas, de Enrique Andrés Ruiz, que en 2003 comisarió su retrospectiva El Norte, en el Museo de Teruel -en ella figuró, precisamente, el cuadro así titulado, El Norte, de 2001, y en su catálogo además del ensayo del comisario hay que leer la minuciosa cronología establecida por Luis Feás-, y que lo ha incluido en sus dos colectivas figurativas (la egureniana Canción de las figuras en 1999, y este 2008 La pintura en los tiempos del Arte), a Andrés Sánchez Robayna, que desde su Sur solar escribió sobre él -sobre su "luz interior", y su condición de pintor "ascético"- en Letras Libres, pasando por su paisano (y a ratos colega) Ángel Guache, por Marcos Ricardo Barnatán, por Santos Amestoy, por José Luis Piquero -otro paisano-, por Eugenio Castro, por Carlos Lencero, por Ángel Campos Pámpano, por José María Parreño, por Ramón Mayrata, y por dos a los cuales ha ilustrado, el también asturiano Pedro de Silva -compañero, junto con el fotógrafo José Ferrero, en la maravillosa aventura de Las horas grises (2005)-, y Francisco Gómez Porro, cantor de La eterna provincia (2001): la simple nómina indica bien a las claras que no estamos hablando de un pintor que "pertenezca" a ninguna de las diversas "familias" poéticas que componen el actual panorama, sino de alguien hacia cuyo trabajo se sienten atraídos, cultivadores del arte de la palabra, de las más diversas procedencias geográficas, y sobre todo bien distintos entre sí.

 Voz de un país antiguo, norteño, neblinoso. Si a alguien le cuadra, hoy, aquella invocación del cántabro Amós de Escalante, "Musa del Septentrión, melancolía", inteligentemente repescada por José Hierro e incorporada a su primer poemario, es a Galano, pintor de la quietud inquietante, pintor de viejos caminos, de parques con farolas, de paseos dominicales, de pueblos olvidados y en silencio, de jardines secretos, de cezannianas casas solitarias -a veces con el contraste de un neón demótico, estridente-, de fábricas antañonas, de la Panadería Paco (2003) y otros establecimientos sin brillo, de altas torres como para poema de Yeats o para relato de Julien Gracq, de arboledas por las que se arremolina el viento, de montañas con algo a veces de chinescas, de bosques tan animados como el de Wenceslao Fernández Flórez, de pequeñas estaciones de ferrocarril... De faros, también, y de acantilados sobre su Cantábrico natal...

Voz verdadera, voz honda: en esa joya absoluta, como un poema septentrional despojadamente simbolista, que es Nieve en Penouta (2006), Galano,         que ya en 1993 pintaba la Nieve en Fozaneldi, su antiguo barrio, también ovetense, y que en 1999 se preguntaba, con Matsuo Basho, si "¿La nieve que cae / es otra / este año?", y que en 2001 se acercó a la Nieve en Cabrales, dice una vez más esa nieve deslumbrante de la que Ramón Gaya -otro gran monótono, otro solitario que ha congregado a los poetas en su torno- decía que era siempre medieval.

De la antes aludida cronología de Luis Feás, en el epígrafe correspondiente a 2001: "Mañana en San Cosme, adquirido por la colección Masaveu, un paisaje con casa que se adelanta a otros posteriores, en los que todo parece más nítido, más luminoso, como si se hubiera levantado la niebla".

Ramón Gaya, decíamos. El autor de El sentimiento de la pintura (1960), en Venecia por siempre, recordando que el atardecer es la hora de la pintura, y ciertamente cuantos atardeceres en la de Galano, cuánta Última luz, como titula un cuadro de 2002, con un título que podría irles muy bien a ciertos cuadros crepusculares de Alex Katz, pintados en su casa de Maine, cuando el cielo atlántico empieza a tornarse azul profundo.

En este universo plástico no hay sólo crepúsculos. También el alba: Apareció en el cielo la plácida sonrisa del alba se titula un sobrecogedor cuadro fabril de 2004, pintado con el recuerdo de un paraje de su Occidente asturiano natal, contribución del pintor al tríptico "Tránsito" de Las horas grises.

Voz de hoy: modernidad de los dibujos geométricos, lineales, con regla, con un cierto Luis Fernández escueto en la memoria, como él mismo se ha encargado de subrayarlo.

Voz que necesita absolutamente, como el respirar, de una tradición, de una reflexión sobre la misma, de un volver y volver sobre ciertas figuras tutelares. Tradición y modernidad: el ex-surrealista Michel Leiris -prosigo la relectura de sus diarios- dice en 1981, a propósito de su amigo Francis Bacon -un pintor que según confesión propia le interesó en su día a Galano, al que conmocionó su retrospectiva de 1978 en la Fundación Juan March, al igual que le conmocionaron el Alberto Giacometti pintor, o que Lucien Freud, al que todavía hace poco rindió homenaje en el bodegón del Trapo (2005)-, que la modernidad es "el elemento activo que renovará la tradición".

El Alberto Giacometti pintor: muy pertinentemente, Enrique Andrés Ruiz ve en Galano a un hermano suyo, pero ya "sin seres estragados".

A Galano, que como Caneja pinta casi siempre de memoria -"quizás todos mis paisajes podrían titularse recuerdo de...", me decía en un mail reciente-, lo hemos identificado hasta hace poco con escenarios muy determinados, en su mayoría asturianos. Por una parte Oviedo y sus alrededores, esa ciudad, la de La Regenta (1885), de Clarín -en la producción del pintor nos impresiona esa visión de la torre de la Catedral, en Oviedo antiguo (1997)-, la de los inolvidables y en su momento imitadísimos Poemas de provincia (1910), de Andrés González Blanco, esa ciudad y su alfoz, tal como se entremezclan por la ventana del luminoso estudio-vivienda de Galano, en el que reina el orden. Por otra, un Gijón maravillosamente resumido en Noche en Cimadevilla (2005), que viene a sumarse al digamos cancionero de una ciudad que han pintado sucesivamente Nicanor Piñole, Armando Suárez -homenajeado por el benjamín en una marina de 2002, con mucho de rothkiano-, Joaquín Rubio Camín, Pelayo Ortega, Melquiades Álvarez, Javier del Río... Y luego está Tapia de Casariego, su localidad natal marinera, en el Occidente asturiano. Y tantos y tantos caminos del Principado, tantos no-lugares, tantos arrabales, tantas arquitecturas de estilo incierto, tantas casas solitarias y demóticas que cobran presencia bajo el pincel o el lápiz o el buril del pintor. Pero estos últimos años Galano ha sentido la necesidad de abrirse a otros ámbitos, de oxigenarse con viajes fuera. Viajes con cámara -no conozco las fotos resultantes-, que lo han llevado a distintos países de la vieja Europa: Portugal, Italia -país natal de Paola, su mujer-, Suiza, Suecia, Dinamarca, Hungría, la República Checa, Gran Bretaña... Una lista a la que hay que añadir Turquía, un país a caballo ya con Asia. Una lista la que estoy seguro que más temprano que tarde se vendrán a añadir Austria, y Polonia, y a este último respecto diré que en estos momentos el pintor trabaja en un grabado que en una colección que ha puesto en marcha, dialogará con un poema cracoviense del firmante de estas líneas.

Países en los que, de algún modo, Galano, como gran pintor que es, se ha encontrado con lo mismo que había dejado atrás en Oviedo: con su propio universo. Como se ha encontrado con su propio universo, ante ciertos parajes metafísicos de Castilla-León, o cuando se topó con las murallas romanas de Lugo, a las que dedicó un cuadro especialmente sombrío, fosco, al que adjuntó -al dorso- dos versos de La patria oscura (1983), concretamente del poema así de escuetamente titulado, "Lugo", poema todo él imbuido de la atmósfera que reina en los versos de Luis Pimentel, en quien se aprecia, como en pocos españoles de su tiempo, la huella de Jules Laforgue. (Siempre en clave lucense, cómo me conmueven también, por razones familiares, de enraizamiento, las entrevisiones de Galano, de cierta casa y cierto jardín, en San Miguel de Neira de Rei).

Lisboa, Última Europa, por él descubierta en 1985, época en que era profesor en Mérida, le ha inspirado dos cuadros: el cielo sobre los tejados del Chiado (2002), y los cipreses boecklinianos de la metafísica Praça do Império (2004), junto al estuario del Tajo y al monasterio de los Jerónimos. Con ellos cabe relacionar el humilde Altar portugués (1998).

Estoy convencido de que un día Galano acometerá la tarea de decir Venecia, ciudad que ha tenido a tres de sus grandes cantores modernos en el ferrarés Filippo de Pisis, en el Zoran Music de los "sotoporteghos" y del canal de la Giudecca, y naturalmente en nuestro Ramón Gaya. Pero de momento Italia, frecuentada por Galano desde 1983, pictóricamente hablando es para él, sobre todo Giorgio Morandi, pintor y grabador del que contempla una y otra vez, sin cansarse jamás, los austeros bodegones, pero también las vistas urbanas boloñesas, y los paisajes de Grizzana, de los que siempre tenemos tendencia a olvidarnos un poco, tanto es el deslumbramiento que nos producen aquellos. En Las horas grises, entre las veinticinco palabras que ponían en común Galano, Ferrero y Pedro de Silva, el único nombre propio era el de Morandi. Recientemente él ha pintado un maravilloso cuadro en su homenaje, un cuadro que representa, en grises, con una severidad muy italiana del Norte, una esquina de la calle en la cual vivió el pintor y grabador, en su Bolonia siempre, Via Fondazza, y sobre el cielo la red prosaica de los cables. Asocio este cuadro con un libro tardío, pero estupendo (I tetti sulla città, 1977), de un escritor olvidado, el rondesco y también boloñés Giuseppe Raimondi. También con un precioso y preciso poema gnómico que Galano me envió desde Bolonia por SMS, un poemita en dialecto milanés, casi un haiku -Basho, antes citado a propósito de la nieve-, escrito tras su visita al Museo Morandi, y que rezaba así: "Brünzina / le ore grigie / anche a Bolonia". (Brünzina: lo que en Asturias llamarían orballo. Las horas grises, por doquier. En el catálogo de Las horas grises, precisamente, cité otro poema-SMS anterior del pintor: "En Oviedo, / cae la tarde. / Sidra en el Pigüeña").

Italia-Morandi: fue Tomás Llorens quien me descubrió la definitiva necrológica del pintor por el historiador del arte Roberto Longhi, que fue capaz de percibir que con el de Bolonia desaparecía LA gran voz italiana, aquella en la que por siempre pensaremos cuando pensemos en la Italia del siglo XX.

A propósito siempre de Morandi, citar una vez más el escueto poema con el cual Pedro de Silva contribuyó a ese tríptico, en Las horas grises: "Metafísica de los / Objetos, Resurreción de su / Alma / Naturaleza / Desecada en / Infinitud".

Miguel Galano en Oviedo, Luis Pimentel en Lugo, Giorgio Morandi en Bolonia: moradores de cada cual su respectiva provincia esencial, laforguiana.

En Suiza, Galano pintó, en 2003, un parque de Zürich, Lindenhof, recortándose sobre el cielo tan blanco, un parque recoleto que uno ha entrevisto en más de una ocasión, pero que bajo los pinceles de Galano -volvió varias veces a ese pretexto, la cuarta y última, en 2005: arte de la variación sobre un mismo tema- se nos aparece como transfigurado. Lindenhof: con la primera versión, contribuyó a la voz "Melancolía" de Las horas grises. De un cementerio, nuevamente, en la misma ciudad, nos habla un heliograbado y punta seca extraordinario, titulado Recuerdo de Friedhof Sihlfeld (2007). Recordemos además, en la voz "Río", siempre de Las horas grises, su mirada sobre el ancho y caudaloso Rin en Basilea, de 2003.

Entrevisión, en 2005, de otro parque, este, Volden Park, en Amsterdam.

En Dinamarca, Galano eligió como motivo de uno de sus cuadros más definitivos, un umbrío cementerio de Copenhague, junto a una iglesia, Assistens Kirkegard, en el que están enterrados, entre otros, Hans Christian Andersen, y Soren Kierkegaard, dos de las glorias de aquella nación que por mi parte todavía no he pisado. "Eligió como motivo", he escrito, y sin embargo, el pintor tiene la sensación, muy de poeta, de que el motivo lo eligió a él. "Tuvo el presentimiento de que aquello podía ser un cuadro", escribe, a propósito de Assistens Kirkegard, Pilar Rubiera en La Nueva España, de Oviedo. Y para corrobarlo, añade estas palabras de su entrevistado: "El paisaje era de una intensidad y serenidad sobrecogedoras". Con aquel cuadro de gran formato, en verdad excepcional -aquí vemos un apunte perteneciente al mismo ciclo-, Galano ganó el Premio Ángel en su edición de 2006. Pintar, en grises y verdes entreverados de blanco, un umbrío cementerio danés, y ganar con él el premio artístico mejor dotado del actual panorama no ya español, sino europeo, constituye una proeza que no está al alcance de cualquiera. Pintando Copenhague en la memoria, a buen seguro que Galano tuvo presente, por algún lado, a ese pintor tan extraordinario, magistral en su uso de la luz y de los grises, que es Hammershoi -una suerte de enlace entre Vermeer, y Morandi-, citado a su propósito tanto por Guache en su prólogo al catálogo de la exposición Parque de Ferrera, celebrada en 2005, en la Galería Amaga de Avilés -ciudad donde está el parque mencionado en el título-, como por Sánchez Robayna en su artículo de Letras Libres, donde daba unas cuantas pistas, sobre la familia espiritual a la que pertenece el asturiano.

Prosiguiendo con su periplo por el Este, Galano se ha empapado de la atmósfera melancólica, con mucho de italiano, de Praga, la ciudad de Josef Sudek, el fotógrafo manco, y de poetas como Vitezlav Nezval -"Praga la de los dedos de lluvia"-, Vladimir Holan o... Pavel Hrádok, la ciudad que visitaron con más de treinta años de distancia Guillaume Apollinaire y André Breton, la Praga mágica de Angelo Maria Ripellino. A Galano en la capital checa lo han fascinado -a quién no- las torres góticas recortándose sobre el cielo, a las que ha reducido a un dibujo lineal en el cual también están presentes, vueltos casi comas, los pájaros girando. Pero a la postre, con lo que se ha quedado, a la hora de la pintura, es, una vez más, con los parques, tan imbricados -se aprecia perfectamente en los libros sudekianos- en la trama urbana praguense, especialmente del lado de Malá Strana. Por ejemplo Letenské Sady, ya dicho en tres óleos invernales, de extrema concentración, los tres titulados igual: Recuerdo de Letenské Sady (2007). En Recuerdo de Zahr. Na Baste (2007 también), asoma levemente la arquitectura.

En la danubiana Budapest, que en el momento en que escribo todavía no ha pasado al "corpus" de su obra, Galano se ha fijado -lo se por una de esas postales lineales caseras con las que nos informa de sus andanzas y visiones europeas- en los grandes tejados geométricos y verdinosos: atmósfera mitteleuropea a más no poder, nostalgia del Imperio, y a la vez ecos de París.

Otra ciudad, por último, a la que se ha acercado Galano, con la intención de extraerle su sustancia pictórica, ha sido, en 2005, nuestro Madrid, tan "posible e imposible" como lo era ya en los tiempos de Juan Ramón Jiménez, cuyas prosas capitalinas, que tan poca suerte editorial han tenido, debe leer a la fuerza quien quiera entenderla, todavía hoy. El lugar elegido entre todos ha sido el Jardín Botánico, donde el domingo 11 de octubre de 1923 un grupo de escritores celebró Cinco minutos de silencio en honor de Mallarmé, cinco minutos a los que no quiso acudir, precisamente, el de Moguer, pero que a Eugenio d'Ors le servirían, dos años más tarde, para titular uno de los volúmenes de su glosario: Cinco minutos de silencio. Rodeado por el tráfico y el ruido, ciertamente se trata de un espacio singular: silencio, sí, y naturaleza domesticada muy siglo XVIII, y fuera de sus muros "i tetti sulla città", el Paseo del Prado -título de uno de los cuadros-, el propio Museo, el ordenado Madrid del XIX -presente aquí, al leve modo en que lo está Praga en Recuerdo de Zahr-, el no muy afortunado monumento orsiano, precisamente, y un edificio que en 1923 no estaba, la mole sindical y metafísica de Aburto y Cabrero, hoy Ministerio de Sanidad y Consumo: un raro Madrid de tres siglos que por mi parte trasladé a un breve poema que junto a los que le dedicaron otros de sus amigos, se incorporó al catálogo de la individual del pintor en 2000 en Utopia Parkway.

En 2006, al frente del catálogo de otra de sus individuales en la misma galería, Galano colocó una frase lapidaria del ochocentista Jean-Baptiste Corot: "Me entretengo pintando paisajes". Corot se ha ido convirtiendo poco a poco, en otro de sus faros, algo que ya está claro en el antes aludido cuadro en torno a El Rin. Basilea (2003). De ahí que sea muy importante esta exposición ovetense y de museo, en la que desde su título mismo, Corotiana, su obra dialoga con la del francés, del que además se va a poder contemplar -hecho en verdad digno de ser subrayado- un célebre cuadro de 1872, propiedad del Museo Thyssen-Bornemisza: Le parc des lions à Port-Marly, inspirado en la mansión que uno de sus discípulos, el financiero y pintor "amateur" Georges Rodrigues-Henriques, de ascendencia portuguesa, poseía en esa localidad de la Île de France, a orillas del Sena, localidad que como otras cercanas, frecuentarían pintores impresionistas como Camille Pissarro o Alfred Sisley, o más tarde Maurice de Vlaminck.

Con un cuadro de gran formato titulado precisamente El paseo de Corot, en 2004 Galano ganó el premio del Salón de Otoño de Plasencia. Cuadro este de extremo encanto y extremo despojamiento, que además de en algunos de los del gran pintor ochocentista francés aludido en su título, me hizo pensar de inmediato en la atmósfera que reina en los capítulos más inolvidables de esa novela del todo mágica que es Le Grand Meaulnes (1913), de Alain-Fournier. Pero el parque de Galano -o de Corot- no está en mitad de un bosque de la Sologne -de hecho no conozco, ahora que lo pienso, ningún cuadro de Galano inspirado en Francia-, sino que, como lo aclara el propio subtítulo, se trata... de un rincón del Parque de Isabel la Católica, en Gijón.

La tradición: Galano pinta El paseo de Corot, acordándose, sin citarlo expresamente, de un apunte romano de Corot, "un esbozo rápido y maravilloso" que se conserva en el Louvre, y que se titula La promenade du Poussin: Campagne romaine (1826-1828), "El paseo de Poussin: Campiña romana", o más literalmente habría que escribir "del Poussin". Cuántas veces sucede esto: que se escribe sobre los pasos de otro escritor, que se compone sobre los acordes de otro compositor, que se pinta sobre las pinceladas que dio otro pintor. Cuántas veces sucede esto, especialmente cuando estamos hablando de un paraje tan saturado de cultura, como Roma, y está claro que pasa algo parecido en París, o en Londres, o en Viena: cuántas sombras nos preceden. El paseo de Nicolas Poussin: un lugar al Norte de la ciudad, a orillas del Tíber, un lugar al que rindieron homenaje otros pintores ochocentistas franceses, un lugar que debe haber cambiado muchísimo desde 1826, y donde por mi parte no creo haber estado. A Roma jamás fue Paul Cézanne, que quería medirse, como lo explicitó en una de sus frases más célebres, con los maestros del Louvre, y también hacer "Poussins d'après nature", Poussins del natural. Galano, que NO ha sido becario de nuestra Academia, encontró "su" paseo de Corot, en Gijón, es decir no muy lejos de Oviedo. Poussin: ideal de clasicismo, de pasión contenida, que entre nosotros atrajo, hace unos años, al por cierto que también cezanniano Miguel Ángel Campano, que se fue a fijar, siempre en el Louvre, en las cuatro estaciones poussinianas, ante una de las cuales, el Otoño, había exclamado Corot, precisamente, aquello de: "Voilà la nature!", es decir: "¡He aquí la naturaleza!"

Corot: cantor inmejorable de París y del Sena a su paso por la ciudad, paseante sin par de una Île de France por la cual su sombra vaga en compañía de la del melancólico Gérard de Nerval, pero también pintor-viajero más lejos, romántico realista con no poco de stendhaliano, y hay que recordar, en ese sentido, la inmensa pasión por Italia que compartieron Henri Beyle, y quien es autor de algunos de los más inolvidables paisajes -vimos algunos en su retrospectiva de 2005 en el Museo Thyssen- que jamás pintor alguno haya pintado en Florencia, Venecia o Roma, como el de Grenoble es autor de algunas de las más inolvidables páginas que nunca escritor alguno haya escrito sobre esas y otras ciudades italianas.

Hay algo muy corotiano en no pocas de las pinturas y papeles de Galano que integran esta exposición. Pero es que además nuestro pintor, ha querido dialogar directamente con el francés, ponerse humildemente a su escuela, en cuatro cuadros de 2007, cuadros "d'après Corot", que en este caso sí que son glosas, recreaciones de obras de aquél: Llanuras de los alrededores de Beauvais por la tarde del arrabal de Saint-Jean, según Corot, Los placeres del atardecer, según Corot, Recuerdo de Ville-d'Avray (El calvero), según Corot, Recuerdos de los alrededores del lago Nemi, según Corot. Me impresiona especialmente el primero de estos cuadros, pura fantasmagoría leve en blancos deshilachados, que contrastan con las tonalidades sombrías de los otros tres. Al mismo ciclo pertenecen dos emocionantes carboncillos del mismo año, especialmente sentidos y misteriosos, Ville-d'Avray, la finca de la familia de Corot, según Corot y Ville-d'Avray, l'étang-neuf y las villas, según Corot.

En la España contemporánea, Corot ha sido una bandera para los "happy few" que para sí reclamaba, precisamente, Stendhal. El primero en levantar esa bandera -como varias más- fue Dis Berlin, alguien cuya acción ha sido absolutamente determinante para la consolidación de una determinada figuración otra, de índole metafísica. A este respecto, ver la voz en torno al francés, en mi diccionario del planeta disberlinesco, publicado en 1998, en el catálogo de su retrospectiva valenciana, en el desaparecido Centro del Carmen del IVAM. Voz escueta, que recogía, sin el menor comentario, la siguiente afirmación del pintor de la Europa azul: "Mi pintor predilecto desde 1984"

Corot: uno de los pintores presentes en las páginas de un libro sobre pintura recién aparecido, y excelente: Santa Lucía y los bueyes (2008), del ya mencionado Enrique Andrés Ruiz: no el Corot italiano, sino el final, más impreciso, más disolviéndose en las aguas de la Île de France nervaliana.

Internacionalmente, puestos a pensar en Corot, uno diría que desde el fallecimiento del grande y solitario Balthus, que a este respecto recogía la herencia en el terreno del paisaje de su muy admirado André Derain, ya no queda ningún gran corotiano en activo. Howard Hodgkin, pintor abstracto por cierto rodeado él también de poetas -entre ellos, Enrique Juncosa, hoy irlandés de adopción-, es autor, sí, de un homenaje, fechado en 1979-1982, como lo es de otros a Edgar Degas, Édouard Vuillard o Henri Matisse, pero no se trata en absoluto de un heredero, sino más bien de un admirador de otra galaxia, con un enfoque absolutamente otro del arte. Hondamente corotiano es a veces el pintor y grabador francés Jean-Baptiste Sécheret, tan apreciado por Jean Clair. Todavía más, otro pintor y grabador secreto, también francés, casi invisible -por mi parte me parece que jamás he visto un cuadro suyo al natural-, me refiero a Martin Dieterle, nacido en 1935, y por lo demás hoy uno de los máximos especialistas en la obra de su predecesor, y como tal partícipe de la aventura de completar su Catálogo Razonado.

Dialogando, ahora, con Corot, paseando mentalmente con él, y con Poussin, por las afueras de una Roma soñada, Galano demuestra una vez más su capacidad para enraizar, sí, su honda pintura, en una tradición.

 

                                                                                                                                                        JUAN MANUEL BONET

 

“Corotiana. Paisajes de Miguel Galano”. Museo de Bellas Artes de Asturias. Oviedo 2008.

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