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Entrega número 48
Postludio. José Mª Yturralde
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La serigrafía: Oficio y Arte

La serigrafía: Oficio y Arte

La serigrafía, al igual que otros métodos gráficos como la litografía o el grabado, es un procedimiento de impresión seriada. El término  tiene su origen en la palabra latina “sericum” (seda) y en la griega “graphé” (acción de escribir).

El método serigráfico consiste en el preparado de un simple bastidor de madera o metálico de dimensión algo superior a la que tendrá la obra final. Sobre el bastidor se tensa una malla de seda o de cualquier otro material de estructura reticular. Esta malla o retícula será más o menos tupida según las características de la serigrafía a realizar y de la naturaleza del material que se emplee. Bajo el bastidor se coloca el boceto, dibujo o imagen a serigrafiar, que se transparentará a través de la malla y sobre la que se calcará. Se realizarán tantas pantallas como colores vaya a tener la obra, y éstas se irán transportando al papel. Este transporte o calcado constituye la esencia de los distintos procedimientos serigráficos, y lo que nos indicará la talla del autor de la serigrafía.

Una vez conseguidas las pantallas y seleccionado el papel sobre el que se va a realizar el estampado, se procede a colocarlo bajo la pantalla, cuidando, si se van a emplear distintas tintas, o sea distintas pantallas, la exacta coincidencia o registro de cada estampación sobre la anterior. A continuación se extiende, con una racleta o rasqueta, la tinta sobre la pantalla, que pasará al papel a través de la malla. Efectuada la operación con el número de pruebas que componen la edición de la serigrafía, se repite el proceso con las restantes pantallas de los distintos colores, hasta conseguir la obra definitiva.

En esta técnica, los artistas creadores trabajan en íntima colaboración con el serígrafo, el cual, con su experiencia y buen oficio, asesora al pintor. Es esta cooperación la que hace que los resultados alcancen  la excelencia.

Buscando origen remoto en la estampación, podríamos remontarnos a las pinturas rupestres, por su similitud con el procedimiento del “estarcido” con que los hombres prehistóricos dejaban grabada la huella de su mano en las paredes. Culturas antiguas como la egipcia, la romana o la china han dejado restos arqueológicos que evidencian la utilización de plantillas para la estampación de figuras en murales, cristal o tejidos.

El método serigráfico en un principio consistía en la utilización de plantillas sobre mallas de seda, práctica utilizada a mediados del siglo XIX. El registro de la patente data de 1907, realizado por el inglés Samuel Simón. Su uso fue meramente industrial o artesanal hasta la mitad del XX, cuando partidarios de la socialización del arte se volcaron en ella, dándole el rango artístico y la difusión que ahora tiene.

El iniciador de esta técnica con fines puramente artísticos fue el cubano Wilfredo Arcay, en el París de los cincuenta, donde logró divulgar la obra de arte de muchos de los pintores de la época. Para Arcay, la serigrafía no era una reproducción de obra, “sino una forma de reinventar junto al artista una obra en estampa que permita cambiar tamaño, color o soporte”.

En España la serigrafía fue introducida por Eusebio Sempere y Abel Martín. Estos dos pioneros aprendieron dicha técnica en los talleres de Arcay. Durante su aprendizaje, Abel ya estampó obras para artistas de la talla de Block,  Mortensen o Vasarely.

En 1958, tras su vuelta definitiva a Madrid, Martín y Sempererealizaron como primer trabajo una serigrafía de Lucio Muñoz. A partir de ese momento y en los años siguientes, Abel comenzó a realizar estampaciones para la mayoría de los artistas de la época, muchos de ellos relacionados con el mundo artístico de la ciudad conquense, como fue el caso de Guerrero, Lorenzo, Millares, Mompó, Moya, Rueda, Saura, Torner Zóbel. Y sobre todo con Eusebio Sempere, para quien realizó la casi totalidad de su producción gráfica.

Abel Martín también llegó a realizar varias serigrafías para Antonio Saura. A los dos les uniría una estrecha amistad. A modo de anécdota, Abel decía entre bromas que a Saura le gustaban más los colores resultantes de la tirada serigráfica que los del original. A finales de los sesenta, participó en los Seminarios del Centro de Cálculo de la Complutense de Madrid. Allí realizaría obra serigráfica y litografía propia, y también para otros pintores que se aventuraron en el uso del ordenador para la creación de sus obras. Es el caso de Barbadillo, Gómez Perales o el sutil geómetra Yturralde, a quien le estampó una bella figura imposible, tan característica de este artista

En propias palabras de Abel: “Yo recojo la obra y la serigrafío. No depende de mi interpretación. Depende de la obra. Sólo cabe buscar una pureza en el trabajo, una limpieza, una perfección”. En su modestia precisaba: “Lo mío es oficio y no arte”. Viendo la calidad de su trabajo,  es difícil no ver el aspecto artístico que conlleva.

 

Javier Martín.

Noviembre 2013.

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